miércoles, 11 de enero de 2012

La Soledad del Yo, en el mejor de los casos...

Todos habremos de cruzar el umbral de esta vida a la otra.




La Soledad del Yo, en el mejor de los casos...

Durante su gestación, el ser humano es capaz de sentir emociones, necesidades; sin embargo, está practicamente solo.

Nace : muy dependiente, pero no hay quien pueda satisfacer al 100% sus necesidades porque él mismo nace ya insatisfecho.

Viene equipado de grandes dotes, es inteligente y razona, tiene la capacidad del Libre Albedrío. Conoce en su interior lo Bueno y lo Malo, esto es, tiene conciencia. Y con todo esto tiene que aprender el arte del discernimiento.

La educación que recibe desde niño le prepara para afrontar el sinnúmero de retos que la vida le depara, o que él mismo busca.

Ah! olvidaba comentar que hay ciertas cosas que él no pudo elegir: Familia, sexo y lugar de nacimiento. Y durante su infancia es llevado de la mano para así ir afianzando las lecciones y aprender a caminar solo un día. Pronto llega el momento en que empieza a tomar sus propias decisiones: amistades, escuela, vocación, profesión, trabajo, estado de vida, en fin. La vida toda se vuelve una incesante elección. Se convierte en lo que come, en lo que lee, etc.. Cada elección va haciendo de él una personalidad.

Y aunque, en el mejor de los casos, esté equipado de todo lo necesario, aún así, sigue caminando solo. Puede compartir alegrías y fuertes emociones con los suyos, sus amigos, pero una y otra vez se vuelve así mismo... y así continúa caminando.

Si forma una familia, vienen grandes ternuras con la llegada de los hijos. Se presentan los nuevos desafíos que conllevan la gran responsabilidad de educar y mantener a los hijos en lo más esencial, alimentación, salud, educación académica y cultural, etc.

La senda final se divisa ya...
Si eligió luchar contra sus malas inclinaciones, si eligió ayudar al que le necesitaba, si eligió la dura tarea de ser un padre responsable, con todo lo que esto implica. Si en sus duras caídas decidió siempre levantarse una y otra vez. Si vivió la vida agradecido y humilde, en su vejez tendrá la satisfacción de cosechar cuanto sembró.

La senda final se divisa ya... el hombre enferma, y aunque rodeado de los suyos, está solo. Solo en sus dolores, en sus recuerdos, en sus pensamientos.

Al acercarse al fin de su vida, recibe una luz especial desde la conciencia que alumbra con singularidad los pasos de su existencia. Se detiene, hace un alto en el camino, voltea y ve su vida y puede ver de manera despejada a las personas que caminaron junto a él y sus intenciones, los acontecimientos y circunstancias de toda índole.

Ha sido un guerrero que lo ha dado todo por los suyos, y ha llegado la hora de presentarse ante el gran tribunal, lo hará también sólo... allí se juzgará por la medida con que haya amado, se juzgará por las intenciones con que actuó, no por sus obras.

Cada hombre sin excepción habrá de cruzar el umbral de esta vida a la otra. Este paso no exime ni a ricos, ni a pobres; ni a jóvenes, ni a viejos; ni a inteligentes, ni a estúpidos. Todos habremos de pasar por la balanza de toda nuestra vida.

Siempre es buen momento para examinar qué pasos ha llevado nuestra vida. Cuál es la dirección que ahora lleva, para ello es necesaria la objetividad ya que va de por medio nuestro destino final. Siempre podemos rectificar el camino, no importa cuan oscuro pueda parecernos, el Salvador nos tiende la mano una y otra vez y nos reconcilia con su Padre para recibir las gracias necesarias y empezar.

El mandamiento primordial es 'Aménse los unos a los otros'. Qué diferente sería nuestro 'yo en soledad' si lleváramos a cabo tan misterioso mandato. Tenemos el camino andado de Nuestro Señor que nos enseña la ruta y mantiene la promesa de estar siempre con nosotros, hasta el fin de los tiempos.



1 comentario:

Gustavo Velázquez dijo...

Excelente artículo. Vivir una vida para nosotros mismos, nos vacía en vez de llenarnos; pero compartir y disfrutar la vida con los demás, nos nutre y enriquece.