Con su acostumbrada generosidad, la vida me otorga la oportunidad de compartir varios días con uno de mis hijos, quien hace 10 años salió del hogar para emprender el camino a su destino, y no puedo menos que levantar la vista al cielo llena de gratitud, de humildad, de asombro...
No es fácil revisar las hojas escritas de mi vida. Revaloro el tesoro de mi familia, de mi matrimonio. Han pasado casi tres décadas, y hemos pasado por tantas cosas, que apenas lo puedo creer. Crecieron nuestros hijos, y en ese poderoso torbellino que llamamos vida, hemos tenido la oportunidad de vivenciar hechos muy variados, tristes, confusos, difíciles, de mucho egoísmo; aunque sería injusto dejar de mencionar los momentos positivos e increíbles.
Somos un matrimonio, que siendo muy jóvenes recibimos con gran alegría y gratitud a cuatro pequeñines, que al ir creciendo nos fueron enfrentando a todo tipo de retos. Además, en medio de la rutina y dificultades, se hicieron presentes la impaciencia, la intolerancia, esa falta de virtudes y valores que a fuerza de golpes fuimos adquiriendo y afianzando. Las charlas sobre nuestros pequeños fue una constante en casa. Cuando llegó la inevitable adolescencia de nuestra primera hija, tropezamos mucho al no saber cómo guiarla; sin embargo, esta primera experiencia ayudó lo suficiente para poder abrigar con paciencia al resto de nuestros hijos.
Y por si fuera poco, ya somos abuelos. Esos pequeñuelos, con sus ocurrencias y ternuras, aderezan nuestras vidas. Esta “segunda maternidad” tiene también sus retos. Y esta segunda familia, nacida de la nuestra, es un milagro patente del Amor.
Por eso, cada día, elevo oraciones por todas las familias del mundo, para que puedan descubrir, en medio de las dificultades y rutinas de la vida, que forjar un hogar, bien vale todos los sacrificios y renuncias necesarias, porque conformamos una comunidad con lazos irrompibles. Si la educación la sustentamos en sólidos principios morales, recibiremos bendiciones abundantes, porque se lucha en medio de la fe y la virtud (a pesar de nuestra frágil condición); en cambio, si carecemos de una conciencia recta, de un esfuerzo continuo por mejorar, nuestros hijos padecerán las consecuencias de una débil formación, y recaerá sobre nosotros una maldición que parecerá no tener fin: los niños de ayer se convertirán en oscuras sombras de jóvenes y adultos del mañana que nos perseguirán amenazantes y nos agobiarán durante la vejez. Los padres no estamos exentos de caer, pero en la lucha por permanecer de pie, es como se van recibiendo las gracias necesarias.
¡La Familia vale la pena! Es la mejor universidad para graduarse como ser humano, porque allí aprendemos a dar, a ofrecer, a renunciar, a orar... en definitiva, nos impulsa a enfrentar el apasionante reto de vivir.
1 comentario:
Felicidades Sra Susi.. por cierto... muy bonito su blog! EN definitiva la familia no solo vale la pena... ES lo que vale la pena... unos apenas vamos para allá. No cabe duda que hay que aprender de los que nos preceden... Un fuerte abrazo
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